lunes, 29 de enero de 2018

Patas cortas

Imagen de Pixabay

Gaby se paró junto a mi escritorio con una sonrisa así de grande y me dijo:
–Linda, tengo una notita justo para vos.
A mí me tembló el puso y me dio curiosidad al mismo tiempo. ¿A dónde corno me iba a mandar mi jefe esta vez? Minutos más tarde recibí todas las instrucciones para la entrevista que tenía para el día siguiente.
Me presenté en la dirección indicada a las nueve en punto. En el zaguán toque timbre y una voz femenina me contestó por el portero eléctrico. Al poco tiempo la entrevistada me abre.
Era un poco difícil de definir. Ni vieja ni joven, ni flaca ni gorda, ni alta ni baja. Lo único que destacaba era su pelo: negro, brillante y sedoso. Estuve tentadísima de preguntarle el secreto para tenerlo así.
Nos sentamos en la sala, me invitó un café, saqué mi cuaderno y grabadora, y empecé mi trabajo. La entrevistada no era ni la actriz ni la vedette del momento, pero era bien conocida por muchas mujeres por sus valiosos servicios cuando la ocasión ameritaba.
–Mi trabajo vendría a ser una "detective de maridos". –dijo ella. –Cuando una mujer tiene sospechas, la intuición no falla. Pero cuando se necesitan pruebas, ahí es cuando yo entro en acción.
Sabía que había detectives que seguían a las mujeres contratados por los maridos, pero al revés era un poco raro. A los hombres se les perdona todo; a nosotras, muy poco.
Es un trabajo difícil, me confiesa, porque primero debe contener a la mujer que la consulta, que no llega particularmente alegre y de buen humor. Pasado el momento de la descarga, empiezan juntas a buscar pistas y atar cabos.
–En algunos casos solo se trata de celos infundados, alguna situación ambigua de coqueteo que no llega a mayores. Pero en otros sí, hay una doble vida bien disimulada.
–Y en estos casos, –pregunté. –¿qué métodos utilizás?
–Hay varios, las llamadas con geolocalización es el que más utilizo. También, con autorización de la mujer, instalamos juntas en la computadora de él aplicaciones que guardan determinadas conversaciones de email o chat, que se disparan al detectar ciertas palabras "clave". En otras, activamos remotamente el GPS del celular de él y seguimos su itinerario. Pasó también que algunos utilizaban dos celulares, el principal lo dejaban "olvidado" en la oficina y se llevaban otro cuyo número nunca se lo revelaron a la mujer. También uso mucho los perfiles falsos en sitios como Tinder y Badoo, entre muchos otros.
–Y descubriste a varios ahí, seguramente. –dije riendo.
–Sí, mantengo relativamente activos todos los perfiles con fotos atrayentes pero que parezcan naturales, y basta mirar los mensajes o explorar usuarios para encontrar al pirata que buscamos. Aparte, tengo creada una especie de red social secreta a la que acceden solo las mujeres que conozco, y si alguna tiene sospecha que está saliendo con un hombre casado o que está en otra relación, lo comunica con pelos y señales.
–¿Te tocó seguir a algún individuo disfrazada? ¿Como en las películas?
–Sí, un par de veces tuve que seguir disimuladamente al pirata y sacar fotos o filmar. Aunque tengo facilidad para pasar totalmente desapercibida y cambiar de look, éste método ya casi no se utiliza por el tiempo que lleva, y porque una foto o filmación no es suficiente prueba.
–¿Como terminan todos estos casos?
–Generalmente terminan en divorcio, separación, ruptura. En otros, menos comunes, la mujer curiosamente no hace más nada. Me paga, se queda con la información y no vuelvo a saber de ella.
–¿Llegó algún caso extremo? Que alguna mujer sacada haya corrido al marido con un hacha, por ejemplo.
–Jajajaja, no, hasta ahora ningún caso que haya salido en los policiales. La mujer una vez que conoce la verdad y la enfrentó, sabe que la violencia no sirve de nada, al contrario, le da más argumentos a él. Además, la venganza es un plato que se come frío, ¿no?
–¡Sí, tal cual! ¿Y algún ex marido desplumado que te haya querido encarar feo?
–Al principio sí, un par de veces, porque la mujer me mencionaba como testigo y aporte de prueba para el caso. Nunca más, ahora trabajo con contrato de confidencialidad y reserva, que es una garantía de anonimato para ambas partes.
–Ahora, la pregunta del millón: ¿te tocó a vos?
–Sí... me pasó varias veces, por alguna extraña razón me enganché con tipos que andaban de trampa o en otra cosa. Ahí empecé a crearme el método para averiguar eso que el hombre tanto negaba, y me dio resultado. Después empecé a utilizarlo con mis amigas, y también dio resultado. Cuando me echaron de mi último trabajo fijo, una de ellas me sugirió que use esta habilidad para ganar plata. ¿Por qué no? Si bien trabajo como programadora y desarrolladora full stack en forma freelance, también me dedico a este "emprendimiento".
–¿Cómo promocionás tus servicios?
–Mucho por recomendación personal, ésa es la idea. No aspiro a ser la emprendedora del año.
–Te digo la verdad, si alguna de mis amigas me hubiese recomendado a vos hace unos años, me ahorraba un dolor de cabeza con mi ex marido.
Nos reímos y conversamos una hora más sobre algunos casos particulares, hasta que me fui. Mientras viajaba en el subte pensé mucho, entre temas de privacidad, legitimidad de los métodos, uso de la tecnología, y la felicidad. A nadie le gusta cargar el peso de los cuernos, pero el anonimato que brinda internet, los móviles, las redes sociales, hacen tambalear lo más importante en una relación de dos personas: la confianza.
Ni bien llegué a mi escritorio, me puse a trabajar con frenesí, y después de un tira y afloja con mi jefe, titulamos el informe que saldría en la revista del domingo "Patas cortas", en el que figuraban varias notas al respecto de la confianza, y un recuadro con mi aporte.
Días después llovieron emails al correo de lectores, de mujeres que querían saber cómo contactar a esa "detective de maridos" para que las ayudara con un caso.

miércoles, 24 de enero de 2018

Sin epitafio

Photo via Foter.com
Cuando me muera, no quiero que me velen, ni que me lloren, ni pregunten qué le heredo a mi familia. ¡Por favor! Déjense de joder. A mí háganme cenicitas primero, después me meten en algún coso que no se abra y me despiden en alguna fiesta loca como Creamfields, Ultra o Tomorrowland. O las tres juntas, ¿por qué no? Me quiero ir de este mundo de mierda entre música electrónica al mango, fuegos artificiales, baile y gente alegre. No quiero a nadie triste, brinden y deseenme buen viaje al más allá, si es que existe. Después de la fiesta, ese coso con mis cenizas lo pueden poner en un árbol y plantarlo en la Plaza de los Dos Congresos, o tirarlo al Río de la Plata, o mitad y mitad, qué se yo, me da igual. No me pongan un epitafio o recordatorio con alguna de las boludeces que dije cuando vivía, no solo porque son tantas que ya ni se pueden contar, sino que suficiente legado inútil dejé ya en las redes sociales durante años.
No me dejen flores, no me prendan velas. No le pidan a ningún dios que me guarde porque ninguno me dio pelota mientras estaba viva. Te digo más, me voy a encargar de reclamarle los desplantes a todos y cada uno de esos sinvergüenzas.
Si quieren hablarme, háganlo en silencio; si quieren escucharme, también hagan silencio y escuchen el canto de los pájaros, a los grillos, al viento, la lluvia, el runrún suburbano que nunca duerme. Pero eso sí, me dejan acá en Buenos Aires, mi ciudad, mi lugar en el mundo, mi amor eterno.

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lunes, 8 de mayo de 2017

Mi corazón late por vos, bombón

Me encanta esta canción, tiene mil años pero la escucho y me pone de buen humor. Ojalá todas pudiéramos decirle una palabra linda y dulce al chico que nos gusta sin que nos miren como a locas desubicadas o desesperadas... o sin que el destinatario de tan lindas palabras se la crea mal y se le infle el ego como un dirigible.

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sábado, 29 de abril de 2017

lunes, 13 de febrero de 2017

De amores y votos

¿Te gustan las historias de amor? ¡A mí me encantan! Mirá este corto animado y si pensás –como yo– que se merece una oportunidad para participar en Cannes, votalo acá: www.kcet.org/shows/fine-cut/the-machinator