martes, 26 de febrero de 2013

Locura de amor

'Amie'by x-FuzZ | Deviantart.com
En la última salida se me planta y me dice que está re enamorada de mí y quiere venirse a vivir conmigo.

Miércoles, casi las once de la noche, suena el teléfono.
–¡Ale! –dice Jorge del otro lado. –Hola, ¡que suerte que te encuentro!
Hola, querido. ¿Qué te anda pasando? –dije yo, distraída mientras me hacía un café.
Necesito que me ayudes con algo urgente. En serio es urgente.
–¿Pero qué pasa? Me estás asustando, George.
–Se acaba de plantar en la puerta de entrada al edificio una mina con la que anduve hace dos semanas. Quiere entrar a verme a toda costa. El portero no la puede echar. Y yo no puedo salir.
–Boludo, llamá a la policía.
–¿Qué?
–Y sí. Ocupación ilegal de zaguán.
–No puedo hacer eso.
–¿Hace cuánto que está ahí?
–Desde ayer a la tarde, llegué de la oficina y cuando la vi que venía desde la otra esquina para acá, cerré la puerta enseguida. Me dijo que iba a esperar ahí todo el tiempo que fuera necesario. Y se quedó toda la noche. Esta mañana de pedo el portero me dijo que no la vio y aproveché para salir, pero al rato volvió. Cuando llegué otra vez, toda una escena. Un Oscar a la mejor actuación dramática.
–¿Y qué le hiciste para que esté así? Si se puede saber.
Resopló. O suspiró. Y luego dijo:
–A ver, salimos, cogimos un par de veces, y en la última salida se me planta y me dice que está re enamorada de mí y quiere venirse a vivir conmigo. Le dije que ni en pedo, yo no quiero saber nada, ¡si apenas la conozco! Me dijo que el poder del amor era más fuerte, y que por amor era capaz de hacer cualquier locura. Y así estamos.
–Y digo yo, ¿por qué no sos hombre y bajás a decirle que se mande a mudar?
–¿Que pretendés, que la cague a gritos y la mande a cucha como si fuese un perro? Además, me ve y llora, se encapricha, se me arrodilla, se me agarra de la pierna. Ya me mandó como treinta emails y dejó otros tantos mensajitos en el messenger. No, boluda, no sabés lo que es. Está para el chaleco.
–Entonces con más razón, bolastristes, llamá a la policía.
–Escuchame, ¿no podés venir a hablar vos con ella? A lo mejor la hacés razonar...
–¿Qué? –y me reí a carcajadas. –Nah, vos estás mal.
–Si no se va de ahí, me voy a tener que quedar encerrado mañana, y pasado, ¡y quien sabe cuánto más!
–Jodete, te pasa por no tener cojones cuando hacen falta.
–En serio, boluda.
–En serio vos, boludo.
–No es cuestión de cojones. ¿Qué hago, la recontraputeo o le meto una piña? No, no soy esa clase de tipo. No quiero hacerle más daño. Pero tampoco puedo razonar con ella. 
Esta vez resoplé yo. Eché una cucharada de café instantáneo en la taza y luego agua caliente despacio, muy despacio.
–Georgie, somos amigos y yo te quiero mucho, pero no como vidrio. La situación está delicada como para que yo intervenga. ¡Mirá si se me viene encima con un cuchillo o tiene un revólver, o algo así! No, ni hablar. Además, mirá la hora que es, mi nena ya está dormida, no puedo irme así como así...
Otra vez el suspiro o resoplido del otro lado del tubo. Eché dos cucharadas de azúcar y revolví lentamente.
–Haceme caso, llama a la cana, y que sea lo que Dios quiera. Pensá que si la loca logra, de alguna forma, entrar al edificio, o se hace campamento en el palier, o te inunda todo el cuarto piso llorando; o peor, te tira la puerta abajo. Ahí sí que vas a estar bien jodido, eh.
–¿Vos decís?
–Nunca subestimes a una mujer despechada.
–Ok, ok. Bueno. Corto y llamo a la cana. ¿Te quedás despierta un rato más?
–Sí, un poco más puedo...
–Porfa, quedate despierta y esperame. Chau.
Cortamos. Me quedé con el teléfono cerca, pensando que llamaría para contarme como fue el desenlace de la historia. Pero una hora y media después suena el timbre de la calle.
Era Jorge. Lo vi por la ventana, parado frente al portón de entrada con un bolso y la jaula del gato.
Estaba algo pálido. Lo hice entrar, le di un café, me contó que en efecto llamó a la policía, que un patrullero apareció a los pocos minutos y se la terminaron llevando. Quien sabe si por cansancio o resignación, la loca de amor puso una resistencia mínima. Luego de eso, él sintió una mezcla de culpa y miedito, y no quiso quedarse solo. Y así fue que se vino a casa con su gato Mozart y ambos se quedaron con nosotras desde ese miércoles de madrugada hasta el domingo a la tarde. Ese día me quedé yo con él en su departamento para que estuviera tranquilo, convenciéndolo que la loca seguramente ya entrado en razón y no volvería a molestar. Cenamos milanesas con ensalada, miramos una peli y después a hacer noni.
Ya acostados los dos en su cama, se abraza a mí y me da un beso en la frente.
–Gracias, amiguita.
El gato trepó y buscó un lugar cómodo al lado mío. Acaricié el lomo del felino y girando un poco la cabeza hacia mi interlocutor, dije en voz baja:
–De nada, zoquete.


martes, 19 de febrero de 2013

Ramón de mi corazón

'Taun 6' by ~remydarling | Deviantart.com
Sí te quiero. Pero no de la forma que vos querés que yo te quiera.

–Soy rara...

–No. No sos rara. Solo estás un poco loca.
Miré a Ramón. Sus ojos verdegrises me miraban fijamente. Esbozó una leve sonrisa.
No sé por qué me enamoré él. Así, sin demasiados preámbulos o razonamientos. No lo planeaba cuando lo conocí. Incluso me causó mucha gracia cuando me dijo que se llamaba Ramón. ¡Don Ramón! Chateamos durante mucho tiempo y nos contábamos todo. Un día acordamos vernos para tomar un café una tarde tranquila de invierno. Hablamos y nos reímos durante un par de horas, y luego esperé que simplemente me dejara en casa. Pero no. Dijo que el día era espléndido para pasear y preguntó si quería dar una vuelta por la costanera. Yo acepté. Llegamos, nos bajamos para caminar un poco y ver el río. En un momento, casi al azar o no tanto, me abraza por la cintura y me besa. Y yo lo abracé y lo besé también. Nos quedamos así toda la tarde, entre besos y mimos, abrazados bajo el tibio sol del veranito de San Juan.
–Y eso, ¿es bueno o malo?
–Depende cómo lo veas.
–Pero te jode.
–No. No me jode.
Tenía algo que me gustaba mucho y al mismo tiempo me enloquecía: se tomaba todo con calma. No corría, no se ponía histérico, no puteaba como desaforado. Por ese motivo peleamos varias veces (en realidad yo peleaba, a él las palabras le entraban por una oreja y le salían por la otra) ya no recuerdo cuántas. Lo mandaba al diablo, lloraba un par de días y semanas después, volvía a hablar con él, y él me contestaba amablemente, sin sarcasmos ni reproches.
–Si no te jode, no entiendo por qué no me querés.
–No dije eso. Sí te quiero. Pero no de la forma que vos querés que yo te quiera.
Pero cada vez que lo miraba a los ojos, la forma que él me miraba a mí, me decían que algo en el fondo lo frenaba, como la cadena frena al perro. Nos veíamos una o dos veces por semana y para mí no era suficiente. Deseaba tanto que la mirada de esos ojos me dieran las buenas noches y fueran también lo primero que viera al despertar. Nunca tuve ese placer.
–Estás saliendo con alguien. ¿No?
–Algo así.
–¿Y hace cuanto?
–Seis meses, creo.
–O sea, que ya salías con ella antes de conocerme a mí.
–Algo así.
A pesar de que lo suponía, no me hizo mucha gracia. Porque en el fondo todas, y yo más que ninguna, queremos la exclusividad. Aunque, debía admirar su sinceridad, algo muy raro entre los hombres de hoy. Me pregunté entonces, qué tendría ella que no tuviera yo para que le diera ese lugar privilegiado en su vida. Y qué tenía yo que no tenía ella para que cada tanto volviera a mis brazos. Otro de los misterios-del-corazón-masculino que nunca nos será revelado.
–Ay ay, Ramón. Ramón de mi corazón. ¿Qué voy a hacer con vos?
–Hacé lo que quieras.
–No sé qué quiero. 
–Yo sí sé...
Y entre besos y caricias, volvimos al juego del amor. Nos resistimos a abandonar la posición horizontal hasta que se hizo de noche. Entre un café e idioteces, estiramos el momento de la despedida. Tal vez porque no nos íbamos a ver durante un largo tiempo: al día siguiente se estaba yendo a Montevideo a trabajar por seis meses. Yo ni en pedo me veía yendo hasta allá para visitarlo. Menos sabiendo que había una novia oficial. Ni hablar. Hay romances que nacen y mueren en la sombra, donde nadie los ve y nadie se entera de nada.
–Cuidate, gordo.
–Vos también.
–¿En serio me querés?
–Claro que sí.
–¿Aunque esté un poco loca?
–Jaja, tonta. Sos buena mina.
Y me dio el último beso.

No hubo duelo después de esa tarde, sino un extraño vacío, como cuando falta un mueble o un cuadro que siempre estuvo en el mismo lugar. Mantuvimos el contacto virtual y hablábamos de absolutamente todo, como en nuestras buenas épocas.
Tiempo después conocí a alguien que me hizo sentir otra vez el cosquilleo del amor, y le conté a Ramón todo vía chat, e incluso le mostré una foto que él y yo nos sacamos en el shopping junto al árbol de Navidad. Dijo, sin rencor ni celos (incluso, imagino yo, que hasta con una sonrisa de ternura en los labios):
–Parece buen pibe. Le tengo fe. Cuidalo.


❤  

jueves, 14 de febrero de 2013

Positivo

'Kiss The Bride' by =Lucanos | Deviantart.com
El fotógrafo alistaba su equipo cuando el novio y los suegros exclamaron: ¿Y la novia? ¿A dónde se fue?

–Alberto Felipe Márquez, ¿aceptas por esposa a Lorea Alejandra Villarreal?
–¡Acepto! –dijo él, sin sacar la vista de los ojos de su futura esposa. Ella sonrió.
–Los declaro marido y mujer.
Ella sintió otra vez esa sensación de vértigo que la venía persiguiendo desde el día anterior. Pero los brazos amorosos de su flamante esposo la sostuvieron.
–Te amo. –susurró él al oído con ternura, y la besó.
Luego, la sesión de fotos con el grupo familiar, los suegros, los amigos, el cortejo infantil, madrinas y padrinos, y parientes varios. Una vez que terminaron, le tocó el turno al vals. Alejandra sentía que con cada vuelta el mundo entero daba vueltas con ella.
–Señora Marquez... –dijo Jorge, tomándola suavemente. Sonrieron para la foto y ella trastablilló.
–Perdonen. Es la emoción, y los tacos, ¡puf! –se disculpó ella.
Jorge cedió su lugar a Toto y de pronto, su esposa lo tironeó del brazo. Se alejaron un poco del lugar y ella le pidió las llaves del auto. "Tengo que ir a buscar una farmacia" dijo ella por toda excusa.
–Qué, ¿vas a comprar algo para la resaca? –dijo éste.
Su esposa no le festejó la broma y antes de irse le dijo seriamente:
–Ocupate de los chicos, por favor.
Y se alejó.
Jorge no entendió nada, pero hizo caso a las órdenes del sargento y se ocupó de sentar a los niños en la mesa preparada exclusivamente para ellos.
Se sirvió el almuerzo y casi media hora después apareció Zara y le devolvió las llaves del auto. Conversó animadamente con los demás comensales, y poco después Nina se acerca y le dice algo al oído. Ella le contesta de la misma forma. En un momento de la sobremesa, ambas se excusan y se retiran de la mesa. La novia apenas había probado la comida, pero devoró doble ración de helado de dulce de leche. La sobremesa siguió hasta que anunciaron la hora del brindis. El fotógrafo alistaba su equipo cuando de pronto el novio y los suegros exclamaron:
–¿Y la novia? ¿A dónde se fue?
Había desaparecido. Notaron que también faltaban Nina y Zara. Jorge y el novio se miraron extrañados, e increparon con la mirada a Lalo.
–¡Les juro que no sé nada! –dijo éste.
–Calma, che. –dijo Miriam, poniéndose de pie. –Ustedes hagan alguna monería para el video. Yo me encargo.
Don Agustín empezó a contar chistes para distraer a todos. Jorge y Alberto siguieron los pasos de Miriam. Ella cruzó el parque y entró al salón. Fue directamente hacia el lugar más obvio donde hallar a una mujer: el baño.
Escucharon un cotorreo de voces nerviosas del otro lado de la puerta. Los dos hombres se miraron, intrigadísimos. ¿Qué pasaba ahí adentro? Jorge apoyó la cabeza en la puerta a ver si escuchaba algo, y de pronto se le pusieron los pelos de punta.
Un grito. Y otros dos más lo siguieron.
Alberto abrió los ojos enormes y sin más, golpeó la puerta.
–¿Alejandra? ¿Qué está pasando? –dijo en voz alta.
Se hizo silencio del otro lado. Alberto insistió:
–¿Me van a contestar? ¡O salen de ahí o tiro la puerta abajo!
–Mi amor... no pasa nada... Dame unos minutos y... –dijo la voz temblorosa de Alejandra.
No terminó de hablar, el sonido de unas arcadas la interrumpió los dejó a todos perplejos. Alberto avanzó para cumplir con su amenaza de tirar la puerta, pero Miriam lo detuvo por el hombro y lo miró seriamente, negando con la cabeza. Jorge entró en acción.
–¿Zara? ¿Está todo bien?
–Sí sí... bueno, ¡mas o menos! –contestó ella desde adentro.
–¿Qué? ¿Cómo que “mas o menos”? –preguntó Alberto, preocupado.
–Cálmense, che. Ya salimos. –sentenció Nina.
Cuando se dieron cuenta, Gabriel, los padres de Alejandra y la mamá de Alberto, Lalo y Deborah estaban detrás de ellos, mirando la escena.
La puerta finalmente se abrió.
Zara salió primero, y caminó hacia su esposo. Alejandra salió, cabizbaja, junto con Nina. Estaba totalmente deslucida, como si se hubiese bajado de una montaña rusa. Además moqueaba y tenía el rimel corrido.
–¿Me vas a decir de una vez por todas qué está pasando? –dijo el novio con los brazos cruzados.
Sin decir absolutamente nada, frente a la mirada ansiosa de todos los que la rodeaban, Alejandra levantó la mano para extenderle algo a su flamante marido.
Era una barrita blanca dentro de una bolsita de celofán. La barrita marcaba dos rayitas de color rojo oscuro. Varios "ooohhh" hicieron eco detrás suyo.
–Tenía dudas... –dijo la pelirroja por toda excusa, con un hilo de voz.
–Pero, ¿qué es esa cosa...? –preguntó él, desorientado y ansioso.
–¡Ay, hombre! –le espetó Miriam, exasperada. –¡Esa cosa es un test de embarazo!
–¡Dio positivo! –dijo Deborah emocionada.
–¡Ay, soy tío otra vez! –exclamó Lalo, con mucho aspaviento.
–¡Felicitaciones, tigre! –dijo Gabriel, dándole una fuerte palmada en la espalda.
Alberto miró atónito a Gabriel y luego a su esposa. Ella asintió con la cabeza, mientras su madre y su suegra la abrazaban y besaban cariñosamente.
De pronto, todos y de común acuerdo se volvieron por donde habían venido y los dejaron solos. Él la tomó de las manos y luego la abrazó con fuerza.
–Ay, mi amor. –dijo ella. –Arruiné nuestra fiesta. Pero no podía esperar. Tenía que saberlo. Perdoname.
–Mi vida. –dijo él, riendo. –¡Qué estás diciendo! No importa la fiesta. Este día no podía ser más feliz para mí. Me casé con la mujer de mis sueños y ahora... Y ahora sé que voy a ser papá. Todo el mismo día. ¡Uf! El que se va a desmayar en cualquier momento soy yo.
Rieron, abrazados y felices. A pesar de las lágrimas, el rímel corrido y los mocos, él la vio más linda que nunca, y la besó.
Escucharon los pasos de Miriam y Lalo con la maquilladora, listos para adecentar a la novia para las fotos. Alberto se alejó y volvió a la fiesta y su suegro le dio una copita de licor para que recuperara la compostura.
Después de ese contratiempo, la fiesta siguió hasta el atardecer, momento en el que tuvieron que ponerle fin por algunos inconvenientes. Toto se dobló un tobillo queriendo hacer un paso de baile a lo "Dirty Dancing" y lo tuvieron que llevar a la guardia de kinesiología inmediatamente. Jorge, al tratar de rescatar un juguete caído en la piscina, lo empujaron al agua sus propios hijos. Lalo se sentó sin querer sobre una porción de torta olvidada en su silla, y anduvo un buen rato con un cacho de crema y merengue en el traste. Nina encontró bajo su copa un papelito con el número de celular del fotógrafo; ni lerda ni perezosa le envió enseguida un mensaje con foto adjunta de su puño con dedo mayor levantado. Alberto había tomado tanto licor que se agarró un pedo fenomenal. Sabrina, la hija de Alejandra, al saber la noticia, se largó a llorar a moco tendido y no se separaba de su madre. La novia volvió a comer doble ración de helado y tres porciones de torta, frenó cuando se dio cuenta que el vestido se le descosió varios centímetros por la cintura.

Fue, sin duda, la mejor fiesta de casamiento que habían tenido en años.


Post relacionado: Caminos diferentes (2012)

jueves, 7 de febrero de 2013

Sorpresa en el probador

010810 by kristianna11 | Deviantart.com
 "¡Ah no! ¡Esto no se queda así, eh!" grité de nuevo y me metí de vuelta en el probador.

–Che Nina, –digo yo, durante la conversación a la hora del mate.– ¿me acompañás mañana al shopping? Voy a salir el sábado y quiero chusmear que hay de nuevo en Rosé.
–A ese lugar no voy ni loca, boluda. –dijo ella. Sorbió el mate y me lo devolvió.
–Dale nena, vamos. Si te gusta algo te lo compro yo con la tarjeta, no seas tonta.
–No es por la guita...
–Bueh. ¿Qué? ¿Te declararon persona no grata?
–Algo así.
Casi me atraganto con la galletita.
–¿Eh? Nah, me estás jodiendo.
–En serio, a ese lugar no puedo volver aunque estén regalando las pilchas.
–Pero, ¿qué te pasó? ¿qué hiciste, se puede saber?
Se pasó la mano por la cara. Rió, nerviosa y poniendo las dos manos sobre la mesita de la cocina, empezó su relato:
–Te acordás, que hace tres semanas conocí chateando a un tal Nicolás. Bueno, qué se yo, todo bien, lo de siempre. Salimos, hubo onda, se dio de irnos a un telo, la pasamos bien. Vino a casa un par de veces, se quedó un rato a coger y se fue. Después, lo invité a ver si quería ir al teatro, que me habían regalado entradas, me dijo que no, que iba a cenar con la hija. Otro día lo vuelvo a llamar para salir, tenía que acompañar a la hija a una fiesta. 
–Bueno, es un buen padre...
–Sí pero escuchame, la piba no es una nena, tiene veintitrés años, podía tomarse un bondi de vez en cuando. Además, de repente me cancelaba todas las salidas de noche, y si venía, estaba de tal hora a tal hora y rajaba. ¿En qué mierda andaba?, pensé yo. Cuando le dije que me presentara a la hija así nos conocíamos, me dijo que no, que era muy rápido, que sarasa sarasa. Es más, supuestamente vivía solo pero a la casa no me quiso llevar nunca. Y bueno, ¿viste cuando algo no te cierra?
–Sí, la intuición que hace sonar la alarma. ¿Que hiciste?
–Bueno, de casualidad me aparece en el Foursquare que hizo el checkin en el local de Rosé. Y como estaba cerca, me mandé. Supuse que estaba con la hija porque, ¿que mierda va a hacer un hombre en un local de ropa para minas?
–¿Comprarse unos leggins, no?
–Cuando entré lo vi de espaldas con una rubia. Agarré un par de vestidos y me metí al probador.  Por esas putísimas casualidades la pendeja entra al probador de al lado. Yo me puse el vestido, dispuesta a darle una sorpresa y decirles "oooh, que casualidad", y... –se rió, tomó un sorbo de mate y continuó. –Y de repente escucho que la piba sale y dice "mirá papi, ¿me queda bien, no?" con esa típica voz de minita estúpida. Bueh, abro la cortina así, bien teatral y de pronto...
–¿Y de pronto?
–Se están besando en la boca, boluda...
Otra vez casi me atraganto.
–¿Quéee?
–¡Sí! Yo me quedo mirando. Las vendedoras me miraban. Y él, de pronto se dio cuenta que yo estaba ahí mirándolo. Se quedó con esa cara de infeliz, y entonces la pendeja se dio vuelta. Ahí me cayó la ficha: esa mina no es la hija ni por putas, era otra de la colección, como yo y andá a saber cuántas más. Yo ya parecía Chuck Norris a punto de cagar a tiros a todo el mundo, y grité "Nico, ¿qué estás haciendo?". La pendeja lo mira y él con su mejor cara de yonofui, se encoje de hombros y dice que no me conoce. Y ella, tarada pero no tanto, le dice "pará, a ella la tenés en tu Facebook, me dijiste que era tu ex novia del secundario". "¡Ah, no! ¡Esto no se queda así, eh!" grité y me metí de vuelta en el probador, me saqué el vestido a los tirones, me vestí como pude y salí con las pilchas en la mano. Se las revoleé en la cara a la vendedora, a la pendeja la saqué del medio de un empujón y a él, le metí una reverenda piña en la jeta. ¡Mirá cómo habrá sido que se cayó de culo al piso! Hubo gritos, sustos, puteadas, vino la encargada, vino el tipo de vigilancia. Las otras minas que estaban en el local se empezaron a cagar de risa y sacaban fotos. El quia, al ver los flashes, se puso histérico. Antes que me llevaran presa por alterar el orden, imaginate, salí pitando del lugar del crimen. Con un poco de investigación fina, que por tarada no hice en su momento, me enteré que era otro típico caso de marido aburrido que anda picoteando por todos lados. Y que tiene una hija era verdad, pero vive en Miami. Pero, ¿una qué sabe? Entonces, con el verso de padre que tiene una excelente relación con su hija y la acompaña a todos lados porque es un papá cuida, tenía la coartada perfecta que nos dejaba a todas con la boca cerrada sin lugar a sospechas. La tenía bien estudiada el turro.
–Ay Nina, yo hubiese pagado por ver el espectáculo de la trompada.
Ella se ríe, saca el celular de su bolsillo y me muestra algunas fotos que consiguió o le pasaron las otras chicas presentes durante el momento del show. Nos reímos un buen rato.
–¡Qué sinvergüenza! –digo yo, devolviéndole el teléfono.– No se puede confiar en nadie. Conocés a un tipo y tenés que andar como el FBI investigando todo, a ver si te estás metiendo en un quilombo. 
–Y te digo, que no me jode que sea casado, eh. Me jode que no tenga huevos. Eso me jode. 
–Omnis homo mendax (*). –digo yo con gesto teatral, tomando el último mate.
Nina asiente y sonríe, pero creo que es porque no entendió ni jota eso que dije.


(*) en latín, "todo hombre es mentiroso".

lunes, 4 de febrero de 2013

El método infalible

'Where is my drier?' by sliwka91 | Deviantart.com
Me pasó otras veces con otros tipos, y con todos apliqué el mismo método. Funcionar, funciona. 

–Ah no... Me quiero matar, darling. –me dice Lalo, con cierto temblor en la voz, mientras me pasa nerviosamente el cepillo por el pelo y me mira a través del espejo.
–¿Que pasa? –pregunto, extrañada ante tan repentino cambio de humor.
No hizo falta explicar mucho. Una mujer alta, de pelo largo rubio y cuidado maquillaje, transita el pasillo con la mirada fija y una enorme sonrisa. Al caminar, taconea de tal forma que a su paso todos frenan, se corren, sacan los pies.
La dama en cuestión abraza efusivamente por el cuello a Lalo, le da un beso muy cercano a la boca y le dice que lo espera para que la atienda. Éste la mira como si viniera una granizada.
–¿Qué onda con la Graciela Alfano? –dije yo entre risas.
–No te rías, boluda; esa mina está atrás mío y no me deja en paz, no la soporto.
–Pero, ¿sabe que vos...?
–Sí, sabe que soy puto. Pero se le metió en la cabeza que me quiere voltear para enderezarme las ideas.
–Uh, medio obsesiva.
–Sí, si la mirás con un solo ojo. Estaba casada con un empresario, se divorció, le ganó un juicio millonario y ahora se dedica a vivir la vida. Y así como la ves, mami, está aburrida y necesita un juguete.
–¿Y dónde la conociste?
–La recomendó una clienta que viene siempre. Pero apenas vino, me vio, y a los diez minutos ya me estaba invitando a cenar a la casa, que me pasaba a buscar en el auto y yo que sé. Obvio le agradecí pero le dije que no. Después volvió, y siempre volvía a la carga hasta que le dije, mirá no sé qué querés conmigo pero yo soy gay. Se ríe y me contesta: "ay tontito, eso porque nunca conociste una mujer de verdad como yo; probame y vas a ver la diferencia".
Yo me empecé a reír a carcajadas y miraba de reojo a la señora en cuestión, a la que ahora le estaban lavando el pelo.
–¿Cuántos años tiene?
–Cuarenta y tres. Posta, Deborah le vio la cédula cuando pagó con la tarjeta.
A Deborah, la hermana mayor de Lalo y administradora del negocio familiar, no se le escapa ningún detalle.
Tenía que admitir que estaba impecablemente cuidada para la edad que tenía. Se notaba que pasaba varias horas al día en el gimnasio, que se había operado las lolas e incluso colágeno en la boca. La típica "dama" rubia y liberal, le faltaba el perrito faldero.
–Yo no quiero ser grosero, viste, –continuó hablando Lalo, mientras hacía sonar las tijeras en mi nuca. –pero no sé cómo sacármela de encima. Es pesada como mosca de verano. La típica mina que no acepta un "no" como respuesta y cree que todo tiene un precio. Yo no me vendo, ¡no soy un peceto, che!
Luego de una pausa, dije:
–¿Sabés qué, Lalo? Tendrías que darle bola.
–¿Qué? ¡Nah! –dijo, mirándome a través del espejo con los ojos enormes.
–Sí, papucho. Dale bola. Decile que sí, andá a cenar a la casa, andá que te compre pilchas en el shopping, que te lleve a Mardel el fin de semana. Disfrutá la joda. Cuando vea que no se te para porque sos puto y no hay vuelta que darle, se va a cansar y va a apuntar para otro lado.
–¡Eso sería como regalarme! Y no, my dear, no, tengo mi orgullo.
–Probá el método de darle bola. A mí, me dio resultado... –dije, encogiéndome de hombros.
–¿Qué? ¿Con quién? ¡Contame ya!
–Con un conocido de mi ex, que tenía una agencia de publicidad. Nos cruzamos de casualidad en un evento. Era re simpático y yo, como una boluda le di mi tarjeta, y no paraba de tirarme los perros. Me mandaba flores a la oficina, me llamaba a cada rato, me mandaba mails. Yo todo bien, el tipo no era feo pero no sé, viste, no era mi onda, ¿entendés? Un día alguien me dijo, "si querés que un tipo te deje de acosar, acostate con él y santo remedio". Así que, le acepté la cena, le acepté los tragos, y a la hora de los bifes la cosa no anduvo...
–¡No me digas!
–Y sí. Me lo veía venir. Cuando tenés todo lo que querés así tan fácil, ¿qué te queda? Nada. Te compraste el kilo de matambre y te diste cuenta que no tenías hambre. Y fue tal cual eh, nunca más jodió, dejó de llamar, dejó de mandar mensajes. Nos cruzamos en otros eventos pero ya me saludaba como a una colega de trabajo y nada más. Me pasó otras veces con otros tipos, y con todos apliqué el mismo método. Es infalible. Funcionar, funciona. 
Lalo se quedó pensativo mientras retocaba la parte delantera. Me secó, me puso un poco de gel, me moldeó el corte y luego dijo:
–Si decís que funciona, yo pruebo. Total, nothing to loose. 
–¡Ése es mi tigre!
Ni bien me levanté del sillón, la dama lo ocupó sin perder un solo segundo. Me despedí de Lalo, que me miró con un leve gesto de resignación. Dio media vuelta y puso su mejor onda para atender a la diva, emocionada como una jovencita a punto de probarse el vestido de quince.

Una semana después, recibo un llamado en la oficina a primera hora:
–Tenías razón, bruja. –dijo Lalo, emocionado. –Salimos durante la semana y cuando vio que la cosa no iba ni p'adelante ni p'atrás, se resignó como una lady y dijo que lo nuestro era imposible. Pero me contó Deborah que hoy la vio revolotear atrás del profesor de Yoga del gym. ¡Puf!
–Viste. El que sabe, sabe...
–Y el que no, es estilista. Sos una genia, I love you, darling.