viernes, 29 de abril de 2011

Seis grados de separación en los festejos del Bicentenario

La imagen del señor de quien voy a hablarles hoy fue
pixelada a propósito, para
resguardar su identidad y para
que no se me venga
al humo alguna novia celosa...

Él pasó, delante mío, tirando de un carro donde había elementos de iluminación, justo en el momento que yo había disparado la cámara para retratar los andamios a medio construir en el cruce de la Av. 9 de Julio y Av. de Mayo. Nos miramos un instante. Yo bajé la mirada y él siguió su camino. Le tomé otra foto de espaldas y me entretuve mirando los preparativos. No le di demasiada importancia al incidente hasta que llegué a casa y me puse a editar las fotos para subirlas al blog. Encontré esa foto donde él se había cruzado en la toma. Lo miré. No estaba tan mal. Debía tener mas o menos mi edad. Pensé, lástima que no nos dijimos nada, ni una disculpa, ni una puteada. Ojalá se pudiera saber más de una persona a través de una foto. De pronto, se hizo la luz. Seis grados de separación entre una persona y otra. Si la cuelgo de algún álbum que sea visto por muchas personas, ¿quién te dice? Esperanzada, subí la foto en Facebook, la posteé en los muros de un par de entidades que estaban en la promoción de los Festejos del Bicentenario. Al pie de la imagen, con toda mi desfachatez, puse "si alguien conoce a este señor, me lo presenta ya mismo!". Pasaron unos días y no tuve respuesta, pero una tarde me llegó un mensaje a mi buzón de entrada.
Alguien sí lo conocía.
Luego de intercambiar un par de mensajes con esa persona, y recibir las felicitaciones por ser tan caradura, me dio el link para ver el perfil del susodicho y enviarle una invitación de contacto. Chusmié su perfil: era soltero, tenía un par de años menos que yo y una lista rebozante de amigas escotadas. Me llevó un par de días animarme, porque en ese entonces, yo estaba saliendo de una depresión de antología. Una desilusión en ese momento podía hacer tambalear dos meses y medio de terapia. Pero me decidí, y la mandé. "El que no arriesga no gana" me dijo mi amiga Romina, y le di la razón. Tenía que animarme. Oh sorpresa, ¡me aceptó! Bueno... ¿y ahora? ¿Me dirá algo? ¿Me invitará al desfile que se hacía ese fin de semana? ¿Al cine?
Ninguna de todas esas cosas. Me pidió que no lo etiquetara. Un par de semanas después, le escribí un mensaje tonto y le di mi número de celular, a ver que onda. Porque también podía ser que fuera tímido y no se animara a dar el primer paso, o que yo no le gustara (y estaba en todo su derecho). Me contestó días después, brevemente con un "estoy con mucho trabajo, en unas semanas cuando me desocupe te llamo". Ok, quedamos así. Pero pasó el tiempo y nada. Silencio.
Un día no lo vi más en mi lista.
Estuve tentada de espiarle el muro para saber en que andaba, pero desistí. No me hice muchas ilusiones. Era obvio. Y yo ya superé la edad de corretear atrás de los flacos esquivos. Si se quiere ir, que se vaya, como dice la canción. Fue lindo mientras duró, una aventura que seguramente no se repetirá, que quedó ahí colgada en el ciberespacio como esa foto. Poco después la borré de mi álbum porque ya no tenía sentido para mí conservarla.
Los festejos pasaron, los andamios se desarmaron y la avenida de a poco recuperó su caótico tránsito.
No volví a pasar con la bicicleta por esa esquina hasta entonces.

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miércoles, 20 de abril de 2011

Es difícil querer a alguien sin tiempo

Mr. Time by =oO-Rein-Oo | Deviantart

Fue como una suerte de deja-vú virtual. Otra vez la historieta se repetía, sólo que había cambiado el interlocutor. Vamos a llamarlo Mr.R por ponerle un nombre. Bueno, había hablado varias veces por MSN con el señor en cuestión. Fue una charla amena y fluída desde el inicio. Lo que se dice buena química. Hablamos horas y horas, quedamos en vernos un día, algún día, nada en concreto. Todo es maravilloso desde aquel lado de la pantalla. Pero ese viernes se lo dije sin anestesia: "me gustaría salir hoy". Para qué. Se le reventó la burbuja. ¡Pluf! Todo eso tan lindo que había entre nosotros se pinchó en un segundo. Me acusó de querer terminar con la relación (¿qué relación? ni siquiera lo conocía...) y la remató con un "es difícil querer a alguien sin tiempo, ojalá encuentres el hombre que te merezca... te voy a extrañar, en serio". Y acto seguido me cerró la ventanita del chat y me sacó inmediatamente de su lista del Facebook. ¡Já!

No entendí por qué Mr.R se rayó de repente... si no le hice ninguna propuesta indecente, tan solo salir y vernos frente a frente. ¿Qué había de malo en eso? O no era quien decía ser, o estaba ocultando algo, o era flor de freak, o era una marioneta (perfil falso que alguien crea con el único objetivo de pasar el rato). Ninguna de todas esas cosas me sorprende a esta altura. Es más, es ya una especie de patrón generalizado que aplica a cualquier individuo que genera un contacto a través del ciberespacio, red social mediante. Está todo bien mientras chatees, pero cuando le pedís pasar al plano personal (sin que sea el sexo el único objetivo) se arrugan y achicharran, se ponen histéricos, sabotean la buena relación y cortan, pero dejando en claro que la culpa es de una por ser tan desesperada y nunca de ellos.

Pobrecito Mr.R, si no fuera porque tengo muchos años de Internet en mi haber, casi casi me creo su triste historia de hombre abnegado que busca amor pero teme ser rechazado. Patético...

Mi tarea para el fin de semana largo: escribir cien veces "no debo perder más el tiempo tratando de entender a los hombres".

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jueves, 7 de abril de 2011

El vino y la cerveza

Red Wine
Él está sentado frente mío, en este café tan paquete de Belgrano. Me gusta su aspecto limpio, cuidado, su pelo semiblanco, sus ojos claros. Justo justo lo que me recomendó el médico. Sorbe su café lentamente y sonriendo me pregunta:

–A ver, contame vos, ¿como te calificarías?
–Me calificaría como un tinto añejado.
–Jajaja, ¿por qué añejado? Tenés un buen aspecto, una frescura que cualquiera de tu edad envidiaría.
–Es porque el mejor vino, el más virtuoso y exquisito, es el que se ha conservado y madurado durante años en tonel de roble. Sin embargo, los hombres salen corriendo atrás de la cerveza. ¿Por qué será?
–...
–Creo que es porque la cerveza es más joven, más barata y la comprás en cualquier kiosco. Y por si fuera poco, algunas son pura espuma.
–...
–También debe ser porque la cerveza no cansa, podés tomarte varias botellas como si nada, acompaña casi cualquier comida rápida. En cambio el buen vino requiere un plato acorde a su condición para exaltar sus bondades. Al beberlo, te obliga a reflexionar, descubrir su textura, su fragancia, identificar cada sensación que despierta. Y también tenés que medir la cantidad que vas a tomar.
–Bueno, sí.
–Por último, al buen vino lo disfrutás en una ocasión especial, servido correctamente en una copa. A la cerveza le cabe cualquier joda, con tus amigotes, si no hay vaso le dan del pico todos...
–Uf, viéndolo así...

Entonces, si las mujeres como yo somos como el buen vino, habrá que seguir esperando pacientemente a que llegue el experto que sepa lo que valemos. Si es antes de la fecha de vencimiento, mejor.

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viernes, 1 de abril de 2011

Hermafroditismo secuencial

flower lips by !viardorem | Deviantart
–¿Y cómo te fue la remerita?
–Está linda, la verdad, pero creo que no es para mí.
–¿Pero por qué?
–¡Obvio! Porque ya no tengo 20 años para lucir esto.


La escena transcurrió en el probador de un local de ropa femenina muy IN. Me acordaba, por un instante, ayer no más, cuando yo tenía 20 y toda la ropa me quedaba bárbara. Escotes pronunciados, telas ajustadas, minifaldas... Ahora me veo con esas ropas al espejo, y aunque todavía me entran, ya no es lo mismo. Cada vez me veo más ridícula. Una jovata de 38 que desafía el paso del tiempo vistiéndose como una veinteañera para competir por los pocos machos disponibles (y pasables) que quedan sueltos en la jungla de cemento. Nah.

Se me ocurrió entonces que cierta vez me contaron que hay peces que, mientras son jóvenes, pertenecen al sexo femenino, y pasado el tiempo cambian y pasan al sexo masculino. Eso se llama hermafroditismo secuencial. Y pensaba, wau, imaginate si los humanos fuéramos así. Nos ahorraríamos tantas frustraciones, decepciones, esfuerzos en el gym, horas de cirugías y toneladas de botox. Porque no es lo mismo una mujer de cuarenta que un hombre de cuarenta. El hombre entrado en años tiene todavía muchas chances de aparearse con hembras jóvenes mientras que a la hembra vieja sólo le darán bolilla los varones inexpertos, o los padecientes de complejos de Electra, o los bladitos que buscan la presa más fácil.

Cuando hice este planteo, se me rieron en la cara descaradamente (valga la redundancia), y luego dijeron esa eterna muletilla “¡pero bajá las pretensiones!”. Ok. A ver, ¿y por qué debería bajarlas? ¿Acaso la edad no te otorga el derecho a exigir lo que te va mejor? ¿O acaso viviste la vida y experimentaste para terminar conformándote con un pedazo de pan duro de ayer, sabiendo que hay comidas mucho más apetitosas? ¿Ahora es mucho pretender querer un compañero de edad acorde, de mente sana en cuerpo sano, con una posición socioeconómica estable (no hace falta que sea millonario, hasta un plomero podría calificar), que no se la pase quejándose de su ex mujeres o despotricando contra la tecnología sin saber de qué se trata?

Es así, la vida es fácil y maravillosa si tenés veinte años y si tu dios, herencia mediante, te bendijo con un lindo cuerpo y unos bonitos ojos, ni te tenés que calentar por nada. Todo te va a caer del cielo cada vez que lo pidas. No necesitás pensar o razonar. Eso dejáselo a las feas y las jovatas como yo.

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